Ginsberg Esencial: Poemas, canciones, ensayos, entrevistas…y “Aullido”

Allen Ginsberg, uno de los poetas más influyentes del siglo XX, fue un rostro tan habitual en los periódicos, las revistas y la televisión que su celebridad internacional llegó a millones de personas que jamás habían leído su poesía. Pasó gran parte de su vida siendo abogado de causas relacionadas con los derechos humanos, la libertad de expresión y la liberación gay -entre otras- y fue uno de los primeros y más francos opositores a la guerra de Vietnam. Fue profesor, budista, ensayista, letrista, fotógrafo. Gracias a su condición de miembro fundacional de la Generación Beat adoptó con facilidad puestos de liderazgo entre los manifestantes contra la guerra, los estudiantes universitarios, los hippies del movimiento Flower Power y los radicales políticos. “Se me ocurre que yo soy América”, escribió de manera semihumorística en uno de sus primeros poemas, pero en realidad le irritaba ser mucho más que eso. El poeta y editor J. D. McClutchy resumió su influencia en una sencilla declaración publicada en el New York Times tras la muerte de Ginsberg en 1997: “Su obra es una historia de la psique de nuestra era, con todos sus deseos contradictorios.”

Si se piensa en el hombre en el que se acabó convirtiendo resulta difícil de creer que hubo un momento en que la gente sospechara de su salud mental –y hasta temiera por su supervivencia–. A Louis Ginsberg, el padre de Allen, le preocupaba que su hijo siguiera los pasos de su madre, Naomi Ginsberg, una profesora de escuela brillante y muy problemática que se vio obligada a pasar la mayor parte de su edad adulta en instituciones especializadas en desórdenes mentales. William Carlos Williams, el primer mentor y promotor de Allen, manifestó igualmente su preocupación cuando escribió en el prólogo de Aullido y otros poemas: “Nunca pensé que viviría lo bastante como para crecer y escribir un libro de poemas. Me maravilla su capacidad para sobrevivir, viajar y continuar con su escritura. Y no me maravilla menos que haya continuado progresando en su arte.”

¿Cómo consiguió progresar la vida de Allen Ginsberg desde aquellos días difíciles de su juventud hasta el punto de verse honrado por sus logros intelectuales y artísticos? En este libro, aparte de reunir una selección de lo más memorable de su poesía, su prosa, su música y sus fotografías, se intentará dar respuesta a esa pregunta. Ginsberg describió su obra como “un gráfico de mi mente”. Se pasó toda la vida tratando de expandir su conciencia y empleó todo lo que estaba a su alcance, desde las drogas hasta la meditación, para incentivar esa expansión. Creía que su escritura, su música y su fotografía podían ser “útiles” (como le gustaba decir) a los lectores, tanto si esa utilidad provenía desde el lado del arte en el sentido estricto de la palabra, de la forma en la que su obra detallaba ciertos momentos precisos de la historia, como de dar a entender a otras personas que no estaban solas, que tanto sus pensamientos como sus deseos formaban parte de una conciencia universal más grande que la suya individual.

Aquí, y en un solo volumen, puede encontrarse un ejemplo de todas las gamas y topografías de los paisajes mentales de Ginsberg. Están presentes los versos largos y rítmicos de Whitman, una de sus influencias más significativas; la voz profética de William Blake, a quien Ginsberg escuchó a lo largo de una serie de “visiones” auditivas en Harlem en 1948; la “prosodia bop” de Jack Kerouac, poeta, novelista y amigo de Ginsberg durante mucho tiempo. Hay anotaciones de sus sueños, diarios de viaje, fragmentos autobiográficos, cartas afectuosas a sus amigos, detalles de sus expulsiones de Cuba y Checoslovaquia en 1965, fotografías de las personas más importantes de su vida e incluso el testimonio que prestó a un subcomité del Senado de los Estados Unidos. Habla con gran profundidad de la creación de “Aullido” (1955) y de “Kaddish” (1959), dos de sus obras maestras, y relata cómo la práctica de la meditación dio forma y textura a su trabajo. Desde el poema en prosa “La hora del almuerzo del albañil” hasta los versos rimados de “Rimas estrelladas”, una de las últimas composiciones de Ginsberg, el lector puede conocer aquí una de las mentes más cautivadoras que ha producido el mundo literario americano.

“Kaddish”, la emotiva elegía que escribió a su madre, va más allá de los detalles sobre la problemática juventud de Ginsberg y la forma en la que su familia se relacionó con la enfermedad mental de Naomi Ginsberg. El poema, al igual que “Aullido”, ofrece un poderoso trasfondo a la empatía que Ginsberg sintió durante toda su vida por las personas a las que privaban de sus derechos, los peregrinos acosados, los espíritus viajeros en espacios inexplorados: LOS BEAT. Esa empatía resulta evidente en el “Retrato de Huncke”, un fragmento de una larga entrada de su diario de 1949, en el que un joven e ingenuo Allen Ginsberg siente piedad por un vagabundo callejero y le invita a quedarse en su casa, para acabar al final atrapado en sus chanchullos y en última instancia con problemas con la justicia. Su carta en 1979 a Diana Trilling, ensayista y esposa de uno de los profesores universitarios en los que más confiaba, Lionel Trilling, relata el incidente por el que Ginsberg fue expulsado de la Universidad de Columbia. Pueden leerse también aquí los relatos (en su carta a John Clellon Holmes y en la entrevista del Paris Review) de sus “visiones” Blake de 1948 que tanto alarmaron a su familia y a algunos de sus amigos y que les hicieron plantearse la posibilidad de que estuviera perdiendo la cabeza. Aquellas “visiones” supusieron para Ginsberg el disparador de una cruzada en la que trató de descubrir y expandir las regiones sin explorar de su mente.

Y todo eso sucedió antes de que celebrara su veintitrés cumpleaños.

A pesar de las dificultades del final de su adolescencia y de sus primeros veinte años, Ginsberg nunca abandonó su extrema disciplina a la hora de escribir poesía. Su obra temprana, deudora de los poetas a los que había estudiado en la escuela y la universidad, evolucionó a gran velocidad cuando conoció a Jack Kerouac, William S. Burroughs, Neal Cassady y otros tantos –todos ellos adoptaron la posición de mentores en su desarrollo intelectual y creativo–. “La hora del almuerzo del albañil” (1947) y “El temblor del velo” (1948), dos poemas compuestos a partir de unas entradas de sus diarios, agradaron a William Carlos Williams cuando el viejo poeta los leyó y con el ánimo de Williams, Ginsberg se despojó de la piel de su juventud. Creció a un ritmo asombroso, sobre todo a mediados de los años cincuenta, tras su traslado a la Costa Oeste, conoció a Peter Orlovsky y se involucró en lo que acabó conociéndose como la Renaissance de la poesía de San Francisco, escribió clásicos como “Aullido”, “Un supermercado en California”, “América” y otros poemas que se incluyeron en Aullido y otros poemas, su primer libro. La extensa carta explicativa de Ginsberg a Richard Eberhart sobre la composición de “Aullido” demuestra, por si aún quedaba alguna duda, que el trabajo de Ginsberg era el resultado de la convergencia de una sabiduría adquirida, un proceso continuo de autodescubrimiento, la experiencia y la audacia creativa.

El fenómeno de la Generación Beat, sumado a la atención que generó con la publicación de “Aullido” y su exitosa defensa en un juicio por obscenidad, cambiaron para siempre la vida de Ginsberg. Disfrutó de su condición de celebridad, su poesía fue siempre muy solicitada y la prensa le pedía que opinara sobre todos los temas imaginables. A Ginsberg le gustaba la luz de los focos y empleó los formatos de la entrevista y los ensayos ocasionales para hablar largo y tendido de un amplio espectro de temas, desde la literatura hasta la política. Había crecido escuchando a sus padres discutir sobre esta última y eso le había hecho desarrollar un interés por los asuntos políticos y sociales desde la adolescencia, época en la que en compañía de su hermano mayor, Eugene, escribía cartas a los editores de los periódicos locales, incluyendo el New York Times. La fama se convirtió en la tarima de Ginsberg y desde 1960 no fue precisamente tímido a la hora de expresar sus opiniones sobre la censura, las drogas psicodélicas, la liberación gay, la política internacional, Vietnam y la supresión de las libertades del individuo. Poemas como “Sutra del vórtice de Wichita” y “Oda plutoniana” estaban inflamados de los apasionados sentimientos que le generaban a Ginsberg la guerra de Vietnam y la proliferación del poder nuclear. Puede encontrarse un testimonio más tranquilo, pero aún firme y razonado, en su intervención en el Senado frente al subcomité encargado de la legalidad del LSD o en su declaración sobre la censura. El relato de sus desventuras en Cuba y Checoslovaquia, que se describen aquí en una carta a Nicanor Parra y en un fragmento inédito de sus diarios, son un complemento perfecto al “Kraj Majales”, el poema de Ginsberg sobre su elección como Rey de Mayo y su subsiguiente expulsión de Checoslovaquia.

Ginsberg creía que una de las claves para escribir con más eficacia (y para ganar en conciencia) era “darse cuenta de que uno se está dando cuenta” y sus escritos de viaje por lo general le encontraban en ese estado mental, tanto si le enviaba una carta a William S. Burroughs sobre su viaje a Sudamérica en busca de una droga alucinógena, la ayahuasca, como si ofrecía, en “La aparición de Gales”, uno de sus poemas más hermosos, sus apreciaciones acerca de las particulares maravillas naturales del campo galés. Su larguísima e inédita hasta la fecha carta a Jack Kerouac sobre su prolongado viaje por la India supone un fuerte contraste con una entrada del diario escrita durante esa misma estancia entre 1962 y 1963. Aquellos viajes recompensaron a Ginsberg con una perspectiva mundial profunda y madura que añadió peso a su obra.

Jack Kerouac animó a Ginsberg a que estudiara budismo desde comienzos de la década de los cincuenta, un estudio en el que Ginsberg, que tenía entonces otras preocupaciones, se empleó solo esporádicamente, si bien su contacto con las religiones orientales cuando estaba en la India y el lejano Oriente le inclinaron más en aquella dirección. Cantaba mantras como parte de sus recitales poéticos y comenzó a practicar la meditación de una forma poco disciplinada y rudimentaria. Su encuentro en 1971 con Chögyam Trungpa Rinpoche, un controvertido pero influyente maestro budista, le ayudó a concentrarse –y es que en buena medida estaba necesitado de concentración–. En “El cambio”, su largo poema inspirado en sus meditaciones mientras observaba cómo incineraban los cuerpos en las escalinatas de acceso al río Ganges en la India, Ginsberg escribió sobre su necesidad de regresar a su cuerpo y a su mente antes de seguir buscando respuestas en cualquier parte; aquel pensamiento le procuró seguramente cierta paz de espíritu pero tampoco era tan distinto de las ideas que ya había expresado con más sencillez en su poema “Canción” de 1954, un texto que compuso poco después de su regreso de una prolongada estancia en México.

Trungpa predicaba un tipo de meditación que requería el seguimiento de los pensamientos en el momento en el que emergían con la respiración. Se meditaba sentado y en una postura relajada, con la mirada fija en algún punto cercano. Tal y como ilustra Ginsberg en “Respiraciones mentales”, los pensamientos se conformaban y expandían de una manera no muy distinta a la forma en la que lo habían hecho cuando experimentaba con drogas para expandir su mente. Trungpa animaba a sus discípulos a que tuvieran fe en el lugar al que les iban a llevar sus pensamientos. En cierta ocasión, cuando Ginsberg insistió a Trungpa en que era incapaz de improvisar su poesía sobre un escenario, Trungpa se burló de él: “¿Por qué habrías de depender de un pedazo de papel? ¿Es que no confías en tu mente?”.

Esa era una idea por la que Kerouac había estado abogando desde el principio de su amistad. La práctica de la composición espontánea de Kerouac era algo que a Ginsberg le resultaba muy fascinante y llegó a tener cierto éxito con ella en algunos poemas, especialmente en “Sutra del girasol”, una joya en la que prácticamente no hay ninguna corrección desde el borrador original. “El primer pensamiento es el mejor pensamiento”, afirmó Ginsberg, aunque era algo que le resultaba difícil de llevar a la práctica. El impulso de la revisión era demasiado poderoso en él. Pero era el pensamiento, insistía, lo que tenía que permanecer puro e inalterado.

Allen Ginsberg jamás publicó ni una autobiografía ni ningunas memorias. Le parecía que bastaba con el corpus general de su obra. Escribió mucho (sobre todo cartas y diarios) deteniéndose poco a pensar en si lo acabaría publicando y hay que decir en su honor que no cambió de opinión cuando tuvo fama internacional y se publicaron sus cartas y diarios. Continuó consignando sus pensamientos más íntimos hasta que murió. Este libro, por tanto, funciona como un mosaico de la vida de Ginsberg y del enorme corpus de su obra tanto publicada como inédita y es una introducción para los lectores que no conozcan su poesía, su prosa y sus fotografías. El contenido representa solo una pequeña porción de la obra publicada de Ginsberg. Tengo la esperanza de que tras la lectura de las muestras que se ofrecen aquí, los lectores más curiosos y aventureros se decidirán a investigar más profundamente la obra de Ginsberg y sentirán la llamada del descubrimiento de este hombre, de su época y de esa odisea personal que cambió el rostro de la poesía y retó a todo el mundo a abandonar la contención de la norma.

–MICHAEL SCHUMACHER

Allen Ginsberg (1926-1997) nació en Paterson, estado de Nueva Jersey, en una familia judía: su padre, profesor, también era poeta, y su madre, comunista, lo llevaba a los mítines del partido. Ha sido una de las figuras más emblemáticas de la cultura alternativa norteamericana. Estudió en la Universidad de Columbia y se hizo el alma de la Generación Beatreuniendo a su alrededor a Jack Kerouac, Neal Cassady e incluso al escurridizo William S. Burroughs y luchando sin descanso por la redacción y publicación de sus obras. Fue después figura prominente de la llamada «Revolución de las Flores» y el hipismo de los años sesenta, peleó contra la guerra y el racismo, difundió el rock, la alteración química y mística de los estados de conciencia como elemento cultural y se situó siempre en primera línea social y literaria, promoviendo las ideas libertarias y las nociones de espiritualidad y autenticidad, por lo que siempre estuvo en el punto de mira de las autoridades, tanto en Cuba como en Checoslovaquia o con el FBI. Fue siempre amigo de todos y ayudó a todos: financió e impartió clases y seminarios de estudios budistas en la Naropa University de Colorado y acompañó como rapsoda a Bob Dylan en su famosa gira con la Rolling Thunder Revue. En Anagrama han aparecido sus poemarios Aullido Kaddish y los epistolarios Las cartas de la ayahuasca (con William S. Burroughs) y Cartas (con Jack Kerouac).

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