Los candidatos de la intolerancia

 

PROCESO

POR ARTURO RODRÍGUEZ GARCÍA

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Males que al periodismo aquejan: más de un centenar de asesinatos que permanecen impunes; cientos de periodistas detenidos por cuerpos de seguridad que golpean tanto como los civiles bajo mando político durante coberturas o por haberlas realizado; cifra negra de periodistas levantados por castigo o para advertencia; amenazas directas o veladas; vigilancia personal y de comunicaciones.

También demandas frívolas, a las que los jueces dan trámite; censura y despido por complicidad entre dueños de medios y políticos o empresarios. Hostigamiento, e inclusive, amenazas en redes sociales.

Las posiciones asumidas por los precandidatos presidenciales respecto al periodismo cobran importancia por estos días. Y lo que el período de precampaña deja en esta materia –más allá de que al respecto ningún precandidato tiene propuesta clara ni pasado que la sustente– es desalentador: agresión física, amago de demanda, descalificación declarativa y linchamiento en redes sociales.

Las más visibles agresiones por cobertura ocurrieron el 15 de diciembre y el 3 de enero, en la delegación Coyoacán, en los ataques a mítines de Morena: primero, los periodistas Jorge Chaparro y Pablo Conde, de Efekto TV y diario Capital, fueron golpeados. Luego, la agresión al reportero Ángel Bolaños, de La Jornada.

La agresión perredista es también la agresión de la alianza Por México al Frente, que hizo mutis. El desdén frentista al periodismo es notable. Entre otros casos, el precandidato Ricardo Anaya, en un reclamo judicial de réplica a El Universal, aprovechó para descalificar al diario y mentir sobre la sentencia.

Anaya, ha descalificado el reportaje publicado por el semanario Proceso sobre las triangulaciones millonarias de una fundación que presidió, repitiendo –como también repiten sus huestes, reales o fabricadas, en redes—que la información publicada sólo la tiene el gobierno y que se trata de una “guerra sucia”, evitando explicar origen y destino de las millonarias operaciones.

Reacción similar a la del 11 de enero, cuando Eduardo del Río, el vocero de José Antonio Meade, rechazó la información contenida en un reportaje de Animal Político, basada en un informe de la Auditoría Superior de la Federación. En su carta, remató diciendo que se valoraría “emprender las acciones legales en contra del portal de noticias que publicó la nota y en contra del autor de la misma”.

Hace unos días, Andrés Manuel López Obrador se refirió a la ventaja que dan las redes sociales donde sus simpatizantes no dejan pasar la “guerra sucia”. Precedente que denota conciencia.

El pasado lunes reprochó a Jesús Silva Herzog por su artículo en el diario Reforma en el que, ante la suma de personalidades, calificaba oportunismo en el presidencial, tema que, por cierto, subyace en las filas de Morena. Intervino Enrique Krauze, con una expresión: “El mesianismo condena. El liberalismo debate”. Y en respuesta, el precandidato –postulado también por el PES, el más conservador de los partidos– le espetó a Krauze simular liberalismo pero ser conservador.

Siguió descalificando articulistas el martes. A Raymundo Rivapalacio, por un artículo en el que aborda el papel de los hijos del precandidato en Morena, especialmente del mayor. El tema es oportuno y es verdad que hacen trabajo político. Pero no gustó el tratamiento de dos asuntos que son de interés público.

López Obrador desató ataques masivos en redes, sin reparo en consecuencias, cuando ese tipo de mensajes llegaron a la agresión física a reporteros en campañas anteriores, que luego él calmaba diciendo “pero ellos no, ellos nada más son empleados (de la mafia del poder)”. Él dice que debate, yo creo que intimida para provocar autocensura.

Por lo visto hasta ahora, en mayor o menor medida, cada uno fiel a su estilo, los tres candidatos son intolerantes y se plantean mantener el precario estado de la libertad de expresión y al periodismo bajo ataque.

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