EL CINE PITIQUITO II

EL CINE PITIQUITO II

El Cine Pitiquito fue un ícono, un emblema, un referente, un lugar de encuentro para varias generaciones. Yo no pretendo hacer una recopilación de la historia, por eso no me pregunten por fechas, porque no las sé; solo pretendo plasmar mis recuerdos tal cual yo los viví, los ví y los sentí. Las fechas y los datos hay que dejarlos para los que se dedican a eso. Yo no.

Deben haber sido tres o cuatro décadas las de la existencia del Cine Pitiquito. Yo nací en la mitad de los 50s y ya estaba en función. Se cerró en la segunda mitad de los 70s ya con Don Raúl Reyna, su segundo propietario, cansado creo yo. No era fácil ni sencillo la operación de una sala de cine en un pueblo en medio de ninguna parte.

La distribución de las películas se hacía por tierra, enviándolas como paquetería en los autobuses de pasajeros. Eran normalmente dos atados con 9 ó 10 rollos de película de acetato de 35mm, cada uno, es decir 18 a 20 rollos en total que formaban una película de 1 hora y media a dos horas. Venían en unos estuches de lámina. Eran pesaos los bultos.  Don Raúl los recogía en la terminal de Transportes Norte de Sonora en Caborca. Y era un ir y venir al terminal diario porque la película que se exhibía el martes llegaba el lunes; el miércoles llevaba la exhibida el martes y la embarcaba y recogía la que se exhibiría el jueves y así todas las semanas del año. No era frecuente, pero si sucedía que no llegaba a tiempo la película y por lo tanto no había función.

Quien hacía labores de “Cácaro” o Proyectista, subía los rollos a la sala de proyección y durante el día los revisaba uno a uno para ver en qué condiciones venía y si estaban en orden o nó. Si había que hacer alguna edición, se hacía.

La foto que sigue, muestra los dos proyectores con que contaba el Cine Pitiquito. Se les llamaba “cinescopio” palabra que venía de los inicios del cine a finales de los años 1800s, cuando Lumiere, un francés, hizo las primeras filmaciones y proyecciones en algo que llamó Cinescopio. En realidad eran proyectores de filmes.

En esa sala de proyección vivimos y aprendimos muchas cosas. Por metiche, y porque me dejaban entrar,  y si no me dejaban lo veía por una ventana lateral, vi muchas veces cómo transcurría en la sala de proyección, una función de cine. Súper interesante, entretenido para un chamaco de 9 años, magia pura. Era mucho trabajo y acelere y con mucho calor irradiado por los proyectores en función.

Los rollos venían numerados, se montaba el 1 en un proyector y el 2 en el otro; se echaba a volar el proyector 1 y el cácaro debía estar listo y atento para en el momento exacto en que terminaba el rollo 1, echar a volar el proyector 2 y continuar la proyección SIN QUE SE NOTARA EL SALTO O CAMBIO DE ROLLO. Era un arte sinceramente y se requería de mucha experiencia para ello. Y asi transcurría toda la función.

El problema y el acelere venía cuando la película se “cortaba”, que era súper frecuente. En una proyección podía haber dos o tres cortes.  La gente se enojaba, gritaba y chiflaba para “avisar al cácaro” que se había cortado. No era un corte en el sentido literal de la palabra. Lo que pasaba es que la película, el acetato, el rollo, se quemaba o con la lámpara del proyector mal ajustada o con lo caliente del mismo proyector. En ese momento el Proyectista o Cácaro, corria, apagaba el proyector, abría la tapa, desmontaba el rollo de arriba, desmontaba el de abajo (Lo ya proyectado), los montaba ambos en unas bobinas improvisadas y cortaba lo que estaba quemado, raspaba una punta con una navaita Guillete y luego la otra, ponía acetona y las pegaba, cuidando que las escenas coincidieran, esperaba que se enfriara y a montar de nuevo los rollos en el proyector y encenderlo y echarlo a andar para continuar. Todo eso lo más rápido posible, normalmente en 10  ó 15 minutos. Tiempo que aprovechaban algunos asistentes para salir a comprar una soda o unas palomitas a la tienda del Sr. Serna, adjunta al cine. Era el equivalente a la dulcería de los cines de hoy.

Las sodas valían 80 centavos, las palomitas 50 centavos y lo más caro eran los Hersey, Milkyway y chicle “De la Flecha” porque todo eso era americano. Era el único lugar que los vendía. Era 1962, 63, 64. No había productos americanos en ningún lado. Pero el Sr. Serna si tenía. A mi nunca me gustaron los chocolates… porque no podía comprarlos.

Mi papá me daba 5 pesos el sábado, era mi domingo, pero en sábado. El boleto en luneta costaba 3.40 y en galería 3.20. Asi es que los 5 pesos me alcanzaban para el boleto, una soda y unas palomitas.

Ya más grandecito me hice más mañoso y cuando no podía pagar el cine, me iba y me paraba en las cortinas de la entrada y de ahí parado, veía una gran parte de la película. Hasta el día de su muerte Don Raúl Reyna me decía “Trampa” por ese motivo, de cariño porque cuando yo ya tenía unos 15, 20 minutos parado, se acercaba a mi y me decía, “Pásale trampa” y me dejaba pasar sin pagar. Si me encontraba en la calle me decía “Quiubo trampa”. Al principio me daba vergüenza, pero me duró muy poco, luego se me quitó. En realidad pocas veces pagaba, porque como era amigo de sus nietos y andábamos en bola, me dejaba pasar.

Casi nunca me sentaba en galería porque era muy incómoda: Unas tablas de madera colocadas de pared a pared, en forma ascendente y con un hueco abajo. Me daba miedo además. En una ocasión estaba en galería, en la matiné del domingo, no sé por qué me senté ahí, debe haber estado lleno, lo que si recuerdo es que andaba estrenando unas botas vaqueras. Llevaba mas o menos media hora viendo la película, cuando sentí un piquete en la pantorrilla derecha; por instinto y por el dolor, tiré el manotazo con la mano izquierda y apreté; dolía como si fuera una brasa que me quemaba, salí corriendo del cine y casi llorando llegué a mi casa, me quité las botas y cayó un alacrán muerto ya. El susto fue mayor, se me comenzó a hinchar y obvio me dolía un chingo. Me pusieron mil cosas y me dieron de tomar otras mil, hasta bagazo de café me pusieron en la picada. A las horas comenzó a ceder hasta desaparecer.

Así pues, quiero dejar constancia que no cualquiera conoció el Cine Pitiquito “tras bambalinas”, en “Backstage” como dicen ahora; yo si y lo conocí muy bien y atrás de la pantalla también.

Era frecuente que en el Cine Pitiquito se estrenaran primero que en los cines de Caborca, grandes y famosas producciones americanas o mexicanas. Cuando eso sucedía, el cine se llenaba a reventar con gente que venía de Caborca a ver la película. Películas de Cantinflas como “El Padrecito”, “Ahí esta el detalle” o americanas como “Moisés y los diez mandamientos” recuerdo se estrenaron primero en Pitiquito.

Con toda seguridad los descendientes de Don Raúl Reyna tendrán muchas más cosas y detalles que contar del Cine Pitiquito y hasta más entretenidas, insisto que yo solo cuento lo que recuerdo y viví.

Hoy cada vez que paso por ahí siento la nostalgia y me da tristeza hasta cierto punto. No se dónde quedaron las máquinas proyectoras, las butacas y tantas otras cosas.

En alguna otra entrega platicaré de los festivales y de las caravanas y artistas que se presentaron en el Cine Pitiquito.

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