La oposición se equivoca, el PRI se aprovecha

Si bien en los registros públicos la fundación del Partido Verde Ecologista de México está datada en 1986, y su primera participación en elecciones fue en 1988 como Partido Verde Mexicano, en el conglomerado político Frente Democrático Nacional que respaldó la candidatura a la Presidencia de la República de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, no es hasta 1991 cuando el PVEM -ya con este nombre- cobra relevancia nacional al otorgársele el registro formal.

Aquella era la época más prominente del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, aunque el PRI se encaminaba a la debacle político-electoral en la que se sumiría nueve años después la Presidencia de la República, ya perdía elecciones en los Estados y los Ayuntamientos. Fueron los tiempos de las anulaciones de elecciones locales, de las renuncias de candidatos “triunfadores” tricolores, para dar paso a la transición política que había iniciado en Baja California en 1989 con el hoy tan polémico senador Ernesto Ruffo Appel.

Fundado y administrado por una sola familia, los González Torres, el PVEM se convirtió en el primer partido promovido por el PRI de Salinas para dividir el voto local y nacional. La consigna priísta siempre fue “divide y vencerás”; entre más partidos, entre más candidatos, más diseminado el voto, y el triunfo lo obtienen aquellos institutos con más capacidad de movilización y una sólida estructura de voto duro. O sea, los partidos “grandes”.

En la turbulencia política de los noventa, con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el relevo de Ernesto Zedillo Ponce de León, su triunfo y separación posterior del salinato, el Partido Verde Ecologista de México, ya convertido en la cuarta fuerza electoral del país se unió al PAN y el resto ya lo conoce.

Dividir el voto con la promoción de nuevos o viejos partidos, con candidaturas en otros institutos políticos, es pues una de las tácticas electorales del Partido Revolucionario Institucional. No por nada hoy que los partidos políticos, comenzando por el PRI, se encuentran en el desgaste social y electoral, los hechos que los convulsionan de manera interna, coinciden los analistas, benefician al PRI, incluidas, claro, las candidaturas independientes a la Presidencia de la República.

Ubicados como la tercera fuerza en el ámbito nacional (en el 2012 y con una candidata de su partido, el PRI “ganó” y Andrés Manuel López Obrador acompañado del PRD obtuvo la segunda posición) los panistas en la cúpula de ese partido y encabezados por Ricardo Anaya, parecen no tener más oportunidad para mantenerse competitivos hacia el 2018, que aliarse con los impensables para una elección presidencial. Con el PRD de Alejandra Barrales y con el Movimiento Ciudadano de Dante Delgado. El trio de políticos ha hecho lo que llaman sin sustento alguno, Frente Ciudadano por México, pues no hay ciudadanos, ni siquiera militantes de los tres institutos dado que los ortodoxos no aceptan la alianza que de facto construyen para la elección presidencial.

Esa división le ha quitado al PAN estructura y fuerza, al estar comprometido, por ejemplo, a entregar la candidatura azul al Gobierno de Jalisco a Movimiento Ciudadano, o construir la candidatura presidencial para Anaya.

Efectivamente la renuncia de Margarita Zavala no beneficia al PAN, tampoco a ella que poco podrá hacer en un mar de por lo menos 24 aspirantes más como candidatos independientes (aunque no todos logren el registro), la mella que hace en Acción Nacional efectivamente podría abonarle a las menguadas arcas electorales del PRI.

La promoción de 24 candidaturas independientes registradas a una semana que se cierre el plazo para ello, solo habla de lo bien que están trabajando los estrategas del gobierno o los priístas, al alentar la participación masiva dentro de esa figura con la intención de dividir el voto en las elecciones de julio de 2018, pues de los candidatos “principales” no se puede decir sensatamente que sean independientes, podrían pasar como candidatos sin partido, al haber pertenecido a uno y salirse cuando no fueron beneficiados, como es el caso de Margarita y del propio Jaime Rodríguez, aun gobernador de Nuevo León y, por cierto, con pésimos resultados, mientras que el resto lo conforman hartos desconocidos.

Dividido el PAN, fraccionado el PRD, y minimizado Movimiento Ciudadano, que no tiene más cartas que ofrecer que la jalisciense, y con un agregado de último momento como lo es el PES, esta unión es más de las minorías cupulares que de los ciudadanos, con la suma de Margarita fuera del PAN y los enfrentamientos que esa decisión ha traído, los movimientos que restan por hacerse son en el PRI, donde la alianza electoral es un hecho, además con el incondicional Verde, independientemente de los amagos de ese partido de aventarse por la libre. En el caso de Morena, poco hay que agregar, su líder nacional Andrés Manuel López Obrador es el candidato a la Presidencia de la República, y por lo visto el aspirante a vencer, contra el que el PRI, de la mano de los partidos “aliados” en el Frente Ciudadano por México, y las decenas de independientes, están haciendo lo improbable (las alianzas del poder por el poder y sin ideología) y lo creativo (los 24 registros de aspirantes independientes).

En el Partido Revolucionario Institucional imperará la institucionalidad que llevan en el nombre y que les ha caracterizado. Sabedores que están en la lona político electoral, acusado el círculo principal del Presidente Enrique Peña Nieto de corrupción, con ocho ex gobernadores en prisión, con señalamientos de desfalcos que se cuentan por miles de millones de pesos (la Estafa Maestra), sobornos por millones de dólares (Odebrecht), y una política económica que ha afectado los bolsillos de los mexicanos (aumento en gasolinas, incremento en impuestos, recortes en inversión, devaluación del peso) la estrategia del PRI será dividir el voto para intentar tener una probabilidad de llegar a las finales de una elección que será marcada por los temas de la inseguridad, la corrupción, y el descontento social.

Del abanico de aspirantes que tiene el PRI, seis forman parte del gobierno de Enrique Peña Nieto. José Antonio Meade, Miguel Ángel Osorio, Aurelio Nuño, José Narro, José Calzada, Enrique de la Madrid; solamente una no está en esa esfera, Ivonne Ortega. Sin embargo, de todos quienes aspiran desde el ámbito oficial, únicamente “han destapado” a Meade, quien hace autopromoción desde la SHCP en videos, campañas publicitarias por internet, y ahora “un banco suizo” lo ve más como candidato del PRI a la Presidencia de la República, que como sucesor de Agustín Carstens en el Banco de México.

La última ocasión que el PRI postuló a un Secretario de Hacienda (José López Portillo) este era militante de su partido (Meade no lo es, fue parte además del sexenio panista de Felipe Calderón) y fue solo una en la carrera presidencial. En efecto en 1976 el Partido Acción Nacional no registró candidato, como ahora es posible que en su alianza con PRD, MC, PES tampoco lo haga (al menos no electo por los panistas) o que inscriba a Rafael Moreno o a Ricardo Anaya que para el caso es lo mismo, o apostarle a, en bola, seguir siendo la tercera fuerza política del País.

Lo lamentable de toda esta turbulencia en los partidos políticos es que es evidente que no aprendieron de los errores pasados que beneficiaron al PRI en el País y en los estados: un PAN dividido pierde, las izquierdas separadas pierden, un voto diseminado los hace perder. Si con las acciones personalísimas de los dirigentes, las divisiones y las candidaturas independientes, resucitan al PRI de la muerte político-electoral en la que se encuentra, la oposición mexicana hará el milagro que ni Enrique Peña Nieto espera.

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