La orfandad de Puerto Rico

“No hubo país, empezando con Estados Unidos, que le tendiera la mano tras la devastación del huracán ‘María’”. Foto: EFE/Thais Llorca

Washington, D.C.—Puerto Rico es hoy más isla que nunca. No hubo país, empezando con Estados Unidos, que le tendiera la mano tras la devastación del huracán “María”. Lo que en principio fue una crisis humanitaria, provocada por la falta de agua, electricidad, comunicaciones y alimentos, a una semana del peor desastre en más de tres décadas, hay riesgo de epidemias y de brotes de delincuencia descontrolada. Testigos describen el panorama de “apocalíptico”. Puerto Rico rogó por auxilio a Estados Unidos, el imperio del que es colonia, pero encontró a un presidente enloquecido con trivialidades, un Congreso egoísta y una clase política anodina.

Esta isla de 3.4 millones de habitantes está pagando el precio de ser la colonia más antigua del mundo. Durante la guerra hispano-estadounidense de 1898, España fue derrotada y perdió Puerto Rico que pasó a ser dependencia colonial de Estados Unidos, o Estado Libre Asociado. Los boricuas son ciudadanos estadounidenses, pero de segunda clase. No tienen derecho a votar para elegir al presidente. Tampoco tienen representación en el Congreso federal que luche por sus intereses. Sus prestaciones federales son inferiores.

Por si fuera poco, la isla está en crisis financiera. La corrupción oficial y su sistema clientelar, similar al mexicano, elevaron el endeudamiento a 74 mil millones de dólares. Más de la mitad de la población vive por debajo del nivel de pobreza.

Aunque el último plebiscito sobre el estatus político de la isla favoreció la anexión, el Congreso en Washington se negó a someterlo a votación. Convertir a Puerto Rico en el estado número 51 implicaría una carga presupuestal que no muchos están dispuestos a asumir. Ni qué decir de los que se oponen por racismo: la población es étnicamente mixta.

Pese a su condición, Puerto Rico tiene derecho a recibir la misma asistencia financiera y recursos de emergencia que Washington canalizó rápidamente a Texas y Florida luego de los recientes huracanes. Sin embargo, la respuesta de Trump ante la tragedia puertorriqueña ha sido inadecuada y tardía. El fin de semana, cuando los medios informaron que el agua, los alimentos, el combustible y los medicamentos se estaban agotando, Trump no dijo nada. En lugar, abrió fortuitamente un nuevo flanco de batalla con la élite del deporte nacional. En una veintena de textos de Twitter, atacó a los futbolistas que se hincan cuando se entona el himno nacional en protesta por el racismo policial y demandó despedirlos por antipatriotas.

Un grupo de influyentes legisladores, en su mayoría demócratas, plantearon a Trump pedir financiamiento al Congreso para Puerto Rico. La Casa Blanca dijo que esa opción no será contemplada en el corto plazo. No hay prisa. Lin-Manuel Miranda, el ganador del Pulitzer por la obra musical Hamilton, respondió a Trump que si no actúa de inmediato, “habrá muchas muertes de estadounidenses por las que será responsable”.

Para mediados de semana, ante la andanada de criticas, Trump empezó a ceder. El Pentágono despachó una modesta flota de buques. Otras agencias federales enviaron personal, ayuda material y técnica. Nada a la altura de la emergencia.

Trump negó que la ayuda llegue a cuenta gotas. Sostuvo que el problema son las características geográficas de Puerto Rico que implican un doble reto logístico. “Es una isla en medio del océano. Y el océano es enorme, es un océano muy grande”.

La semana próxima, Trump finalmente viajará a Puerto Rico y las Islas Vírgenes, territorio de Estados Unidos que fue destruido por el huracán Irma. A Texas y Florida los visitó casi inmediatamente.

Melisa Díaz, consultora puertorriqueña que reside en Washington, estima que hay muchos elementos que explican la tardanza, incluido el hecho de que la Casa Blanca no se concentra en nada, las dificultades logísticas y el hecho de que Puerto Rico y las Islas Vírgenes no sean estados. “No hay precio político para la Casa Blanca por no atender la crisis con la celeridad con que deberían hacerlo. Somos, no quisiera decir los olvidados, pero como una posdata de la Administración”.

Para decirlo llanamente, dejar solo a Puerto Rico no tiene costo político en Washington. Asignar fondos multimillonarios para la reconstrucción de un territorio insular cuya influencia electoral es cero, no rinde ningún beneficio a los políticos.

Trump no fue el único insensible. El gobierno de Enrique Peña Nieto tampoco reaccionó ante la destrucción de la isla. Olvidó, si es que sabe, que el puertorriqueño es un pueblo hermano. Puerto Rico ha sido solidario con México y con América Latina en los momentos difíciles. En el terremoto de 1985, realizó un telemaratón para recaudar fondos para las víctimas en México. Se sabe que recaudó más de un millón de dólares, que para el Puerto Rico de entonces era una suma elevada.

Puerto Rico y México comparten historia, idioma y cultura. Sus pueblos son luchones. No pierden fácilmente el optimismo. #YoNoMeQuito dice un popular hashtag. Nosotros diríamos #YoNoMeVenzo. Aún así, la llamada de condolencias al gobernador de la isla como la que rápidamente hizo Luis Videgaray al gobernador de Texas, no llegó. Hay doble moral. Puerto Rico es un vestigio del pasado. La última colonia hispanoparlante sobre el planeta. ¿Qué necesidad?

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